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27/03/06
PERIODISMO EN DEBATE

Escribir con música


Periodismo Social le pidió a la periodista Sibila Camps que compartiera su testimonio de cómo se trabajaba y resistía en las redacciones: 

   Me inicié en el periodismo en "La Opinión" en setiembre de 1977, cuando el diario ya llevaba un año y medio intervenido por el gobierno militar; es decir que aprendí a hacer periodismo bajo una estricta censura. Estuve en "La Opinión" hasta su cierre, en abril de 1981. Desde poco antes y hasta fines de 1982 fui colaboradora permanente en "Humor" y en la revista dominical de "La Nación", con un tránsito de cuatro meses en el diario "Convicción", perteneciente a un sector de la Armada que respondía a Massera.
  En esos años, en las redacciones de los medios gráficos la primera censura era no hablar de lo que ocurría; salvo en "Humor", que desde el comienzo fue una revista contestataria. No sabíamos nunca quién podía ser un "infiltrado", un espía que "botoneara" lo que comentábamos.
  En cuanto a las formas de resistir, en mi caso me propuse hacerlo conscientemente sobre todo desde el área de la música popular. Ante la proscripción y el exilio de artistas muy conocidos, buscaba hacer notas o críticas de artistas desconocidos por los censores, cuya obra me permitiera -eufemismos mediante- contar la historia oculta, hablar de lo que nos ocurría. En ese sentido, el nuevo canto popular uruguayo y más tarde la llama-da "trova rosarina" constituyeron una alternativa expresiva.
 En la revista de "La Nación" inventé una extensa producción sobre la música folclórica sólo como excusa para poder incluir, entre muchos otros y como quien no quiere la cosa, un testimonio de Mercedes Sosa, entonces prohibida. Costaba mucho incluso poder hablar de rock nacional, por lo que impulsé lo que fue la primera nota en la revista sobre el tema.
 Durante los cuatro meses en que estuve en "Convicción", para gambetear la censura a menudo hice todo lo contrario de lo que indican las reglas periodísticas. Doy el ejemplo de una página: como cabeza de página, una nota sobre Leo Maslíah, entonces desconocido para los argentinos; en la mitad inferior, una nota anunciando el primer recital de Víctor Heredia en Obras, sin poner su nombre en ningún elemento del titulado ni tampoco foto. Logré colarlo.
 En cambio, otra vez el director periodístico, Héctor Grossi, me llamó para comunicarme, en un tono respetuoso, que levantaría mi crítica sobre los primeros recitales de Marilina Ross a su regreso del exilio, por sus "antecedentes peronistas".    Le respondí: "Si usted considera que es su deber no publicar esto, hágalo. Yo considero que es mi deber el informárselo a nuestros lectores. Y cada vez que crea que el diario debe informar sobre algo dentro de mi área, lo haré".
Escribir en libertad, cuando se recuperó la democracia, fue también un ejercicio, para lograr vencer la autocensura y la paranoia. Durante un tiempo, cada vez que escribía cierto tipo de notas me preguntaba: "La próxima vez -es decir, en la próxima dictadura militar-, ¿me agarrarán por esta nota, por la que escribí ayer o por la que escribiré mañana?


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